La academia en la encrucijada o por qué molesta la elección de una política como directora de un centro de investigación científica

La primera gobernadora mujer del estado de Yucatán (1991-1993), Dulce María Sauri Riancho es ahora elegida directora regional de un centro de investigación de prestigio en México. La polémica no se ha hecho esperar. Periodicazos, quejas en el Facebook, comunidad académica.

A ojos de la opinión pública (léase, facebookazos), un académico dejó de administrar un centro de investigación, y en su lugar está una persona que se ha hecho conocida por una carrera no tan académica: la política. Sauri tiene las credenciales de doctora, obtenidas en años recientes y, dicen quienes la conocen, que es ciertamente una enciclopedia andando. Pero el punto no es si es o no inteligente ─que debe serlo─, si su tesis doctoral es buena o larguísima o si tuvo un promedio espectacular en su posgrado; sino que ella es ante los ojos públicos, una política.

La elección de Sauri Riancho pone en evidencia uno de los temores de los académicos: que no somos necesarios. Una persona con larga trayectoria en otro ámbito que no es la academia, puede hacerse cargo, y mejor, de un centro estudios. Se necesita alguien que sepa administrar ─seguramente ella puede, dado que fue no menos que gobernadora de un estado ─, y que tenga contactos ─que los ha de tener por años de militancia política en un partido y gestiones públicas.

Administrar y cabiledear es algo que definitivamente no te enseñan en un doctorado en historia, como el que ella hizo. Tampoco en uno en sociología, en antropología, en filosofía o en lingüística. Las ciencias sociales, como enseñadas en los diferentes centros docentes de este país, están muy lejos de hablarles a los estudiantes (licenciados, maestros casi-doctores) que la administración y gestión son centrales para la vida académica. Lo siento mucho, pero convencer a tu director de tu marco teórico, no es cabildeo.

La elección de Sauri rompe la ilusión de muchos académicos ─independitemente de si trabajan o no en el CIESAS─ que sea posible aspirar al pináculo académico. No se trata de un techo de cristal con el que se topa uno. Es que hay en enfrentarse a que el techo es realmente de otro de edificio, que ni siquiera es el mismo en lo cual uno se formó.

Hay que ser político para poder estar en la academia de este país. Para alcanzar la cúpula no es necesario hacer la carrera de asceta y martir de 2 años de maestría, 4 de doctorado, 4 mil de postdoc, 10 mil de cátedra Conacyt y 50 mil de contratado por horas para saber que la plaza no es para tí.

No creo que haya sido un plan maquiavélico de Sauri el hacer una carrera política larguísima para que su meta non plus ultra ser parte de un centro de investigación en ciencias sociales. Pero ciertamente a más de uno le ha de dar coraje que pueda haberse dado el lujo de hacer otra cosa con su vida que no haya sido cien por ciento academia.

Sauri no le está quitando el trabajo a ningún académico, porque ese trabajo nunca fue para ellos. El mundo académico no es prístino, ni sacrosanto. Tiene más política de lo que uno se imagina. De resto, no queda más que desear que esta gestión pruebe ser tan efectiva como sus electores lo auguran en un contexto de recorte presupuestal para la ciencia en México.

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Algo sobre la polémica aquí y véase los comentarios de acá que son una joya representativa del clima del debate.

Foto: Eleinb 2017. Deje su comentario

“Querido lector. No lea”

Ya que seguro a la gente se le olvidó el día del libro (23 de abril), mejor hablar sobre libros no librescos. O mejor, aún, sobre la diferencia radical entre hacer libro y hacer texto, que no es ni remotamente lo mismo.

“Querido lector, no lea” es la sentencia con que se titula la exposición del xalapeño Ulises Carrión en la Ciudad de México. Un díptico originalmente escrito en inglés hecho en dos hojas de papel y escrito en negritas funciona para dar nombre a la exposición retrospectiva. De manteles largos se puso el Museo Jumex curando las creaciones del exititno artista mexicano.

La gráfica textual de Carrión es hipnótica. Trabaja con el texto para hacerlo imagen. Hojas cuadriculadas intervenidas, textos en máquina de escribir y copias de mimeógrafo hablan de la sencillez de utilizar lo que teniene uno a un lado. La caducidad de la tecnología se muestra con su esplendor estético, pero la permanencia de la creatividad prevalece.

Para mi sorpresa, la exposición está repleta de video arte. Su ensayo visual sobre el chisme es por demás sociológico. Por cierto, que la investigación de arte podría decir algo también a los científicos sociales de modos de transformar la información en otra cosa.

Carrión llegó a mí por primera vez en forma de manifiesto para nunca irse. “El nuevo arte de hacer libros” ha sido una gran influencia personal, como seguramente lo ha sido para tantos otros. De ese primer contacto del manifiesto en forma de fotocopia a hoy, hay una contante y sonante oferta sobre Carrión. En 2017 la exposición retrospectiva del artista ha sido una gran nota para mi trayecto en la bibliodiversidad, y sí, por qué no, en mi relación con él.

Carrión murió en Alemania a finales de los ochenta, pero volvió a México en más de una forma. Hoy Carrión se ha convertido en libro, aunque no sé si esta ortodoxia le hubiera gustado. Ofertadas en escaparete hay publicaciones de Alias Editorial, Tumbona Ediciones y Ediciones Hungría (la más atípica o quizás la más típica a la manera de Carrión, según como se vea). Libro convencional o no, el catálogo de la exposición vale la pena para quien no se molesta de ver en blanco y negro practicamente toda la obra presentada en el museo. Inclusive tiene un disco con los videos cortos de la serie “The Poet’s Tongue”, que se agradece. Si extraña uno el color del papel envejecido y las tintas de sellos del arte postal, mejor será adquirir el cuadernillo #8 del museo Jumex; esto es, a costo de limitarse a una selección de elementos representativos.

Ulises Carrión ya mero se va del Museo Jumex, y habrá estado unos tres meses (9 de febrero a 30 de abril de 2017). Yo repetí la visita al museo para una consecuente feria de libro independiente, la tercera edición de la Index Art Book Fair. Qué mejor que Carrión se quede en forma de editores para hacer y deshacer libros. De textos, eso no sé. Al fin y al cabo que no son lo mismo.

Foto: Eleinb 2017. Interiores del catálogo “Querido lector. No lea”, Museo Jumex

 

La culpa es de las jacarandas

Odio la primavera. Sí, soy un Grinch de la primavera. Ya lo sé que no es humano, ni de Dios, pero no lo siento y este año he decido que odio la primavera.

Son los estornudos imparables y esas malditas flores moradas. La Ciudad de México y sus jaracandas. Ah… qué emoción. Ciudad tan gris en sus 365 días, que dos días de color en la primavera y la gente se vuelve loca.

Si un color define a la ciudad de los palacios, es el gris. Entre el smog y el interminable concreto que se extiende a todos los estados a su al rededor, la ciudad es gris.

La gente se viste de negro. Debo decir que ahí sí que no hay tanto gris. Este color es demasido elegante para el chilango promedio. Cuando este quiere ser atrevido, viste de azul. Dios no lo quiera y vista de colores. Supongo que el morado es lo suficiente fúnebre para la vida cotidiana, pero lo suficiente alegre para decir que ya llegó la primavera.

El vestido púpura de las jacarandas inunda las calles de la segunda más grande del mundo, después de Beijing (o algo así siente la gente). Nada ni remotamente cercano a como imaginamos el despertar de las sakuras rosadas en Japón. Agregue una dosis de basura.

La primavera es quizás el único momento del año en que veremos un color más en el panorama. Disfrútenlo si las alergias de polen y smog se los permiten.

Por cierto, que “mugre, basura y smog, qué aroma, qué color” cantaban los personajes de ese programa ochenterísimo Odisea Burbujas. Aunque la melodía quiere evocar un lejano lugar vampiresco, para mí que esa canción es para la Ciudad de México. La verdad es que no me sorprendería como una ocurrencia más del genio musical del maestro Esquivel(!) —uno de los creadores de la música electrónica— en contuvernio con el viaje ácido de aquél programa infantil.

P.D. No se quede con las ganas de viajar a otro tiempo y otro lugar con Mugre, basura y smog.

Foto: Un lugar que puede ser México, en Odisea Burbujas, circa 1980.

Sobre la miseria humana

El mundo insiste en hacernos invisibles a las mujeres. Estaba acostumbrada a la transparencia cotidiana de los meseros que me ignoran sistemáticamente en los restaurantes. Pero no sabía qué era ser invisible a los demás cuando uno tiene una pareja.

Hace unos días tuve el infortunio de olvidar mi bolsa en el baño del aeropuerto de la populosa Ciudad de México. Entre las dormidas a medias y el usual tedio del avión, las ganas de ir al baño nublan un poco el juicio de cualquiera. En dos minutos me percaté del infeliz abandono de la bolsa.

Sin mucha esperanza en la humanidad decidí poner una denuncia en ministerio público del aeropuerto. Esto, claro está, de vociferar un poco y ser desorientada por los guardias y el sujeto del módulo de información.

Mi novio, quien me iba a recoger esa noche, me hizo el favor de acompañarme en la tramitología. Un funcionario acostumbrado a las perdederas de objetos de valor en el tráfico aéreo tomó mis datos, dirección y teléfono. Quedó de informarme de lo observado en las cámaras del lugar. Claro está, me advirtió que justo en ese lugar donde yo perdí mi bolsa, no había cámaras.

Mi novio hizo compañía, cual fiel escudero en el proceso. Por cortesía y curiosidad se puso a platicar con un segundo funcionario del ministerio. Dejó su número teléfono también, por si acaso. Convencida de que no pasaría gran cosa, me fui a descansar.

Pasó y no pasó nada al mismo tiempo. Hacia la media noche, advine usted quién recibió la notificación de que las cámaras no captaron nada. Mi novio, por supuesto. Hasta la fecha me quedé esperando recibir la llamada o el mensaje de los funcionarios públicos, quienes tuvieron la osadía de ignorarme por sobre el varón que me acompañaba, cual damisela en apuros.

Foto: Eleinb. Pixeles de noche, 2016-7

 

Un cuarto para la nueva yo

Estos días regresé. ¿A dónde? No estoy segura. Es casa de mis papás y era mi casa. Es la casa de mi antigua yo.

Revisé los cajones y el clóset buscando prendas que ya no deseara más. Había olvidado que eso hice la última vez que estuve aquí. Aún así encontré una falda que no me queda y me atreví a deshacerme de esa pijama vieja.

Quise guardar un pedazo de tela para bordar en uno de los cajones. No encontré lugar para ella. Los cajones están repletos de cosas que tuve y quise guardar. Las quise mucho. Cositas infantiles que me daban gracia.

Había un extraño encanto en dejar los lápices bonitos sin tajar. Se veían así, justamente. Bonitos. Su utilidad era esa. No se sientan mal porque ese lápiz nunca escribió. Lo quería justamente de adorno. Separaré un paquetito de cosas para la hija de una amiga. Estoy segura que ellá las gozará a su manera.

Esa que tira ropa vieja y se deshace de la faldita del ballet para alguien más soy yo. Habito temporalmente un cuarto que ya no es mío. Le pertenece a alquien más que ya no soy. Los cajones repletos no tienen espacio para quién soy actualmente.

Me encontré tirando papeles que tienen diez años. Sirvieron para algo, pero ahora sólo me recuerdan que eso ya pasó. Ya no los necesito y los saqué. Pero parece que no es suficiente. Siempre hay más cosas que tirar y yo no puedo con todo. La yo nueva necesita también una pared blanca y no beige; un muro sin cuadros y un estante con libros que me gustan.

No me quedo lo suficiente para reclamarle el espacio a mi fantasma de las navidades pasadas. Una vez más, me encuentro viviendo con fantasmas y sin espacio para mí.

Pero esto no se queda así. A la fuerza he vaciado un cajón. Por ahora lo quiero vacío.

 

Foto: Eleinb. Cajón, 2017

Días de joya

Un trabajo real. Gracias a Dios. He sido contratada por la gran cantidad de tres días. He ido a dejar al taller de unos amigos un anillo para reparar. Salí con el pendiente de recoger la pieza, pero mejor aún, salí con un trabajo temporal. Aunque usted no lo crea, es lo más cercano que tenido a un trabajo en años. Con vergüenza lo digo, pero he sido una triste becaria de posgrado.

Por tres días estuve unas jornadas rodeada de piedras semipreciosas, plata, piel y chaquira. Me enamoré de los aretes de ámbar y del solitario de perla; de la pulsera de jade de Guatemala y el anillo de ópalo de Querétaro. Me han resultado intrigantes los dijes de hueso coloreados con polvo de coral.

El primer día entró una pareja de mujeres hablando un idioma desconocido, una gringa buscando brazaletes para el pie y una chica mexicana buscando otra joyería que vende aretes de Frida Kahlo; misma que luego regresó a volver a ver las piezas con más detenimiento. Mientras, las joyas platican entre ellas sobre las expectativas de un futuro dueño que las hará lucir.

Sería una ruina trabajar ahí todos los días.  Mi salario entero se iría en preciosas joyas hechas a mano. Pero los pesos ganados por unas horas de trabajo han sido el dinero mejor ganado en mucho tiempo. Dinero del que más orgullosa he estado en una larga temporada dedicada a la contemplación del mundo en pos la ciencia. Tomarlo se ha sentido mucho mejor que las becas, que los apoyos o mejor dicho, las caridades que me han mantenido en los últimos años.

Los chicos del taller no necesitan mucho de mí. Sus piezas se van vendiendo solas. Pero yo hoy he estado necesitada de ellos. Me ha emocionado volver a usarme para hacer otra cosa que no sea serle inútil a la patria, a la matria y al universo. Sin querer, las conversaciones en el taller para buscar piedras para aretes, hoy pagan con poder explicar a posibles clientes qué nombre pétreo tiene cada color.

No hay nada mejor que sentirse útil en esta vida. Esa es una sensación por la que vale la pena el esfuerzo.

 

Post data.

Seguiré haciendo mi breve labor de vendedora y los remito a los creadores de piezas increíbles. Envían sus creaciones desde su tienda y taller en el centro de Mérida, México hasta el extranjero, por cierto. Pueden hacerse amigos en el face de Juan Ojeda Castillo, mandar un mensaje a El Guardián de Sueños o a Simbólika Mexicana. Si de causalidad viven en Yucatán, no dejen de pasar por la calle 60 para ver de primera mano las creaciones de estos artesanos.

 

Foto: Eleinb. Ámbar, 2017

Vivir con fantasmas

Yo no sé uno escoge los fantasmas, o los fantasmas lo escogen a uno. El caso es que vivimos juntos. Están y no están. Su transparente presencia está ahí, como un vaso vacío lleno de aire.

Desde que decidí vivir con fantasmas acepté que las cosas se mueven de lugar cuando me voy. No importa dónde ponga las macetas, aparecerán en un lugar diferente a la menor provocación. Las bolsas de la basura cambiarán de lugar y el tarro del azúcar cambiará de hogar. El queso desaparece como por arte de magia. Faltaba más que estos fantasmas se quejen del asa rota de una taza que se usa demasiado o que no se use la cafetera lo suficiente.

Los fantasmas a veces también reclaman en su ausencia que les has ensuciado el piso a las visitas. Quieren espacio y estos departamentos de dos habitaciones parecen no ser suficientes para que todos vivamos juntos.

En la última visita de un fantasma nuevo, descubrí que también pueden querer mi espacio para dormir. Ni dueña ni señora de la casa, no cuestioné los deseos de este ser.

He estado un poco molesta porque los fantasmas se han adueñado de todo. Lo real es que yo también he sido un fantasma que se siente dueño de lo que no es suyo.

Foto: Luz, Eleinb 2007

La eterna invitada

El muerto y el arrimado a los tres días apestan

Dicho popular

¿Alguna vez has dormido en un sofá? ¿O en el petate porque no hay espacio para ti? Yo sí. Todos los días durante cinco años. He viajado, he estado y pasado por lugares suficientes como saberme en movimiento. He habitado cuartos y salas sin mayor problema que lo que implica guardar la casa otra vez en la mochila. No tengo que dormir en cama para dejar de sentirme como invitada. Es más, dormir en cama me recuerda que seré siempre una invitada. Déjenme explicar.

Yo siempre he dormido en hamaca hasta que hube de salir de mi querida Mérida. Las hamacas son de una ingeniería de lo más habilidosa que hay. Unos delgados hilos pueden sostener al más pesado de kilos y humores.

Dormir en cama me ha parecido muchas veces una tortura. ¿Por qué tener resortes bajo la espalda cuando puedes tener finos hilos que sostienen tu espalda? Solo se requiere de un poco de curiosidad en el cuerpo para encontrar un buen acomodo que de soporte lumbar o cervical, según sea el caso.

No puedo explicar lo que me da cuando veo una hamaca mal puesta. He visto cada cosa para intentar poner una hamaca que luego ni se usa porque sus visitantes de ocasión la encuentran incómoda. Cómo no, si está mal instalada. Qué cómo puedes dormir en algo así. Simplemente puedo. Me siento cómoda.

En mi cuarto siempre tuve una cama pero sobra decir que rara vez la utilizaba. Le hacía breves visitas en el invierno caribeño. Aún así, durante los inviernos de veinte grados una hamaca equipada de cobertores hacía bien el trabajo. Ya con mucha sofisticación casera, poner periódicos bajo el bamboleo o un petate hace lo suficiente para no sentir la helada humedad que cala los huesos.  De resto, la cama estuvo mejor cubierta de juguetes, papeles, ropa y cuanta chuchería se me ocurriera.

Desde que dejé ese primer cuarto, no he vuelto a tener otro. Me siento varada en el tránsito. Invitada en camas que siempre son ajenas.

Lo raro es que, aún regresando a aquel cuarto, soy una invitada, también.

Saberse fuera de lugar en medio de la jungla local es peligroso. A veces se me olvida y me empiezo a creer un poco mimetizada. Pero no. Nunca falta el elemento delator que avise de mi presencia a la predadora extrañeza. Me pregunto cuándo podré dormir tranquila en mi madriguera.

Foto: Sábanas ajenas. Eleinb, 2017

La vida en travel size

Cargo mi casa en la espalada, como las tortugas. Todo lo necesario está en mi mochila. He aprendido a minimizar las cosas que necesito a lo más básico. Puedo decir que puedo llegar a usar tan solo 100 ml de shampoo para un mes y 50 ml de acondicionador por el mismo tiempo. Descubrí que la crema de baba de caracol es ideal para todos los climas, el cuerpo y la cara. Además es muy barata. Necesito medio jabón de barra y un jabón zote para la lavar la ropa. Es mejor cortarlos a la mitad para mayor practicidad de transporte y almacenaje. También guardarlos en una Ziploc por si hay que irse antes de que seque el jabón. Llevar dos empaques de pasta de dientes miniatura. Nunca te quieres quedar con los dientes sucios. Ah, y hay que buscar de esas tapitas para el cepillo de dientes. Que no se llene de pelusa el cepillo o le vaya a hacer cariñitos una cucaracha.

He probado diversas botellas para transportar líquidos. Una vez compré unas en una dollar store en Mexicali. Otra vez recogí unas botellas de muestra de enjuague bucal en Mérida. También usé unas botellitas de un hotel de Morelia. Las más prácticas resultaron ser las del enguaje. Tienen una forma delgada que deja tener más cositas en el neceser y sellan bien.

La obsesión por el travel size llegó al punto de que mis regalos de Navidad eran en esa medida. Un nada despreciable kit de botellitas de 100 ml y unos increíblemente prácticos botecitos para guardar pequeñas cantidades de crema. Todo en un empaque transparente a prueba de agua. Qué más puedo pedir.

La verdad es que viajo muy poco en avión como para estar mediendo los líquidos que transporto en exactamente 100 ml. Elijo esa medida porque es horrendo que los elementos básicos para sobrevivir ocupen más de mitad de la mochila y por lo tanto, la mitad de mi energía diaria.

Las cosas básicas deberían ser así, como las botellas travel size. Mínimas. Debería tener que pensar lo menos en las cosas mundanas para hacer la vida realmente más fácil en vez de ser una carga de 750 ml o peor, cargar una botellota semi vacía. Cuando tu casa va en la espalda, elige bien qué quieres llevar.

Al final de una temporada de nomadismo el resultado es el mismo. Mi piel está más seca que de costumbre, por la manía de usar poca crema para que no se acabe. Quién sabe cuándo la podré rellenar.

El problema con mi nomadismo es que en algún punto tengo que conseguir cómo rellenar mis botellas. Tiene que haber un lugar donde pueda guardar la botella grande.

FOTO: Mililitros, Eleinb, 2017

Pesadilla en la calle del desierto

Hasta ahora impresionada de la isla maravillosa que es la universidad en el desierto de Mexicali (la UABC para los cuates). Ciudad polvosa, muy fría o muy caliente que alberga urbanitas de singular carácter, así es Mexicali. Choferes de Uber buchones, taxistas que te bajan porque no saben llegar al destino, camiones de trece pesos cuando en el resto del país están a ocho -la CDMX y su metro no es el resto del país-  y, por supuesto, dólares a 19.35 cuando el resto de los mortales pagamos 21 -hasta ahora.

El centro del campus universitario tiene un secreto subterráneo. Un bajo tierra con oferta de comida, amplio espacio para sentarse, bancos, librería, papelería… ¿Bancos? -sí, bancos y cajero automático. Todo en la comodidad de la sombra y a salvo de la inclemente intemperie del desierto mexicano. Este paraje subterráno, debe ser la gloria cuando hace frío, aunque un paso cerca del infierno cuando hace calor extremo.

El gran problema de esta universidad son los baños. Están salvaguardados de los meados humanos al estar eternamente en limpieza -no solo los baños de mujeres, por si tienen el pendiente.

Termino de comer en la cueva subterránea y no hay baños abiertos. Me guanto como las niñas grandes. Voy a la biblioteca que resulta ser una maravilla con decenas de computadoras, impresiones y copias baratas e internet gratis. Una chulada llena de libros y mesas de trabajo. Pero sus baños están cerrados por limpieza, también. Me sigo aguantando como niña grande.

Cuando ya no puedo pensar más con la vejiga hecha girones, hago una nueva excursión al baño pero esta vez de la biblioteca. Cerrado. Me le quedo viendo a la mujer de la limpieza mientras abanica el piso con su letrero de No hay servicio. ¿Quién dijera que en un desierto tendría uno problemas porque seque el piso?

A caminar rapidito por el campus hasta el subterráneo. Aleluya. Un baño abierto y cuerpo aliviado para continuar la talacha mental en biblioteca.

Los baños de la biblioteca fueron un misterio. Entré una vez abiertos y descubrí  que solo hay dos inodoros. Tanto tardar en limpiar por dos tazas. Two cups, one girl. Tampoco había papel. O algo muy siniestro sucedió en ese baño por la falta de papel o de plano la limpieza en el desierto es cosa seria.

 

Foto: Desierto. Eleinb, 2017